Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, comenzó su formación artística en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo. Más tarde continuó su recorrido en Tucumán junto a Lino Enea Spilimbergo, uno de sus principales maestros y una figura que marcaría profundamente tanto su formación artística como su vida.
Alonso también desarrolló una extensa relación con la literatura. En 1957 obtuvo el primer premio de un concurso de la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha. A lo largo de su trayectoria trabajó además sobre El matadero, de Esteban Echeverría; Martín Fierro, de José Hernández; La Divina Comedia, de Dante Alighieri; y textos de Pablo Neruda, Augusto Roa Bastos y Guy de Maupassant, entre otros autores.
Su producción adquirió progresivamente una fuerte dimensión política. La carne, los cuerpos, los animales y las figuras humanas se convirtieron en elementos recurrentes para representar las relaciones entre violencia, poder y sociedad. Series como Hay que comer, El ganado y lo perdido y Lección de anatomía construyeron una mirada crítica sobre una Argentina atravesada por profundas tensiones sociales y políticas.
La última dictadura cívico-militar marcó un quiebre definitivo en su vida. Tras el golpe de Estado de 1976, Alonso partió al exilio junto a su esposa Teresa y su hijo Pablo y vivió en Roma y Madrid. En Argentina permaneció su hija Paloma, quien fue secuestrada y desaparecida en 1977, cuando tenía 21 años. La desaparición de su hija atravesó desde entonces tanto su vida personal como su producción artística.

Durante un largo período, Alonso no pudo pintar. Con el tiempo volvió a enfrentarse desde el arte con el horror de aquellos años y con su propia tragedia. Ese proceso quedó plasmado especialmente en Manos Anónimas, una de las series fundamentales de su trayectoria, en la que aparecen los secuestros, los cuerpos violentados, la tortura y la desaparición como parte de la maquinaria represiva del terrorismo de Estado.
La serie se convirtió en una de las expresiones visuales más contundentes sobre la última dictadura argentina. Parte de ese universo forma parte actualmente de “Carlos Alonso en Los círculos del infierno”, una exposición que puede visitarse en el Museo Superior de Bellas Artes Evita – Palacio Ferreyra de la ciudad de Córdoba. Allí, obras de Manos Anónimas dialogan con piezas de El ganado y lo perdido, Infierno y Hay que comer en un recorrido atravesado por la violencia, el dolor y la memoria histórica.

Tras regresar al país a comienzos de la década de 1980, Alonso encontró en Unquillo un lugar donde reconstruir su vida. En las Sierras Chicas instaló su casa y su taller y retomó el trabajo artístico, primero a través del paisaje y luego recuperando algunos de los temas que habían atravesado su producción. Córdoba se convirtió así en su lugar de residencia durante más de cuatro décadas y en una parte inseparable de su trayectoria.
Carlos Alonso murió en esa misma Unquillo que había elegido como refugio después del exilio. Deja una producción extensa y profundamente ligada a la historia argentina, capaz de transformar el dolor individual y colectivo en memoria visual. Su obra permanece en museos y colecciones y conserva una pregunta que atravesó buena parte de su trayectoria: cómo representar el horror sin naturalizarlo y cómo hacer del arte una forma de memoria.




