- Por Ramiro Albarracín
El origen de la guerra es claro: recursos energéticos. Nada que ver con el verso de que Irán estaba cerca de una bomba atómica. El Argentino Rafael Mariano Grossi, Director General de la Agencia Internacional de Energía Atómica dijo: “He sido muy claro y consecuente en mis informes sobre el programa nuclear iraní: no hay pruebas de que Irán esté construyendo una bomba nuclear” aunque después agregó “la negativa (iraní) a conceder pleno acceso a mis inspectores son motivo de grave preocupación”. Ese último comentario fue la puerta que necesitaban Estados Unidos e Israel para sentirse habilitados a esgrimir el argumento de la bomba nuclear.
La batalla por los recursos energéticos no solamente es el acceso al petróleo y gas para Estados Unidos, es también y principalmente que China deje de obtenerlos baratos a través de Irán. Pero también se trata esencialmente de la logística comercial de esos recursos energéticos, el núcleo de la economía norteamericana, europea y asiática está en el medio oriente. Los países del golfo son el nodo que combina precios baratos (por un lado Arabia, Qatar, Emiratos y Bahrein para los Estados Unidos y Europa, por el otro Irán a China y asia) pero también los países del golfo con esos dividendos financian el complejo de desarrollo de alta tecnología de los Estados Unidos. Por lo que para los Estados Unidos la región no sólo es importante por el petróleo y el gas, lo es también porque ese mar de dólares que se generan vuelve gran parte a la economía norteamericana de Silicon Valley.

Coinciden especialistas en que el desarrollo militar de la guerra ya comienza a transformarse en un problema para Estados Unidos e Israel. Esto no es algo nuevo: en la región ambos países han logrado imponerse principalmente frente a grupos armados irregulares o terroristas, mientras que el enfrentamiento con ejércitos profesionales históricamente siempre les ha resultado más complejo.
Los sistemas de ataque y sobre todo de defensa norteamericanos e israelíes están basados en radares, misiles y lanzadores de altísima tecnología, por ende, caros. Aproximadamente un millón de dólares cuesta derribar un dron iraní que tiene un valor de veinte mil dólares. Eso no sería un problema mayor si fuera viable una incursión terrestre que pusiera un rápido fin a la resistencia del régimen iraní y permitiera a Estados Unidos e Israel tomar el control del territorio, de manera que se vea realmente afectada la capacidad de Irán. Pero la opción de la incursión terrestre contra un ejército altamente capacitado como el iraní, que además está específicamente entrenado para esta guerra en particular, tendría un costo de vidas norteamericanas que, con la poca legitimidad con la que cuentan Trump y Netanyahu hoy, se llevaría puesto a cualquier gobierno norteamericano. No es viable.

Esto lleva a que necesariamente se deberá negociar una salida al conflicto, que en el importante juego internacional de la demostración de poder y construcción de relatos, Trump hoy por hoy no tiene un logro que le permita vender un acuerdo favorable. Y para Trump la demostración de poder es la esencia de su gobierno, no poder mostrar un “triunfo” aunque sea endeble, lo deja realmente debilitado en un año electoral clave como el que está por afrontar.
Los iraníes por su parte, de momento, no tienen apuro porque desde la particular idiosincrasia persa, cualquier acuerdo que implique el cese del fuego ya les permite mostrar a su pueblo que, como dicen ahora, lograron domar a dos de los ejércitos más importantes del mundo. Con eso alcanza y sobra, porque implica la continuidad del régimen de los Ayatolas para largo.
América para los argentinos
En ese estado de cosas, Argentina tiene una gran oportunidad, otra vez: energía abundante en Vaca Muerta. Esto no sólo podría traer un importante flujo de inversiones y recursos al país en el mediano y largo plazo, sino que en el corto plazo le da una herramienta invaluable para negociar alineamientos, posicionamientos, votaciones en la ONU y todo de tipo de definiciones que las potencias demandan en tiempos de guerra.
En la práctica de las relaciones internacionales lo que domina el accionar de las potencias es la escuela realista, que en resumidas cuentas implica la ley del más fuerte. Pero en tiempos de guerra hasta el más fuerte necesita aliados, ayudas y acuerdos, porque en la economía globalizada que nos toca transitar ningún país es autosuficiente. Por eso China elige evitar el involucramiento directo en un conflicto que tiene asediado a uno de sus principales aliados, no por incapacidad, todo lo contrario, sino porque involucrarse directamente en un guerra implica aumentar la dependencia de terceros para sostener la economía, que ya sabemos, en tiempos de guerra se vuelve vulnerable incluso para una superpotencia. A nuestro país se le abrió la oportunidad de poder negociar acuerdos nuevos o renegociar acuerdos previos con Estados unidos que va a sufrir en el corto plazo por el cierre de los canales comerciales y logísticos en el golfo, pero además podría nuestro país convertirse en un actor clave del desarrollo energético que le diversifique aún más el acceso a los recursos a los Estados Unidos.

Si bien la incursión venezolana de hace un mes atrás le permite tener una nueva boca de alimentación, el deterioro en la inversión e infraestructura venezolana no la hace tan eficiente por ahora. Estos son los momentos donde las superpotencias están dispuestas a entregar un poco más a cambio de recursos críticos como la energía, incluso permitirían al país desarrollar no sólo Vaca Muerta o algo fundamental como avanzar en mejorar nuestra posición respecto a Malvinas de la mano con los intereses norteamericanos, sino que con respecto a la otra superpotencia, China, es un momento especial para trabajar acuerdos relacionados a algo que siempre es crítico para su economía y que tenemos de sobra: el complejo agroindustrial y la vía navegable más importante de sudamérica que es el río Paraná. Esto le permitiría al gigante asiático tener alimentos e insumos derivados abundantes y a nosotros ampliar el comercio, pero sobre todo, obtener infraestructura esencial.
Dos oportunidades de oro, que se dan pocas veces en un siglo, una vinculada a la doctrina américa para los americanos, que desde el punto de vista del norte es américa para Estados unidos, pero desde el punto de vista argentino es consolidar acuerdos continentales que nos permitan desarrollar infraestructura clave para el crecimiento y la defensa de intereses nacionales. Porque si es verdad que, en términos generales, la alianza con los Estados Unidos es importante, la clave está más vinculada en ciertos aspectos a nuestros propios intereses, especialmente en cuanto a geopolítica se refiere.
En el siglo pasado con la primera y segunda guerra mundial nuestro país aprovechó de buena manera los conflictos, pero luego paulatinamente fuimos perdiendo la habilidad de encarar una mirada estratégica nacional y nos fuimos encerrando cada vez más en visiones hiper ideologizadas. Visiones como las que muestra la insólita política exterior actual, plagada de sesgos tontos que no sirven ni para sostener los intereses del propio gobierno nacional, ni siquiera del país.
Mientras tengamos un presidente ignorante en la materia, que tampoco se rodea de gente idónea en el tema (tenemos un canciller completamente cooptado) seguiremos sin intentar construir consensos intersectoriales nacionales para avanzar en la búsqueda de acuerdos internacionales de calidad. Los tiempos de guerra son tiempos que requieren funcionarios hábiles, formados, pragmáticos y sobre todo que trabajen por el bien nacional. Ninguna posición geopolítica tiene sentido si no está fundada en el bien nacional. Eso no se puede encarar priorizando egos o posiciones infantiles. Tiempos difíciles requieren personas valientes que puedan ver la oportunidad del momento. Estamos lejos.
- Maestrando en relaciones internacionales CEA – UNC




