Zaratustra, siendo hablado por Nietzsche (o a la inversa), sentenció, “Dios ha muerto, nosotros lo hemos matado”. Acto performativo y de liberación de la modernidad y de sus pretensiones universalistas. El presidente Milei, siendo hablado por el neoliberalismo (o a la inversa), sentenció en Davos hace algunos días, “Maquiavelo ha muerto, es hora de enterrarlo”. ¿Acto de liberación? Sí, acto de liberación. Es una metonimia antes que una metáfora. Es una literalidad antes que una metonimia. Seguimos estando en serios problemas porque la liberación hoy es de Ellos.
Nietzsche a fines del S. XIX anunciaba anticipadamente la muerte de la Razón con mayúsculas. Y con ese anuncio liberaba a la humanidad de ataduras, enganches, encadenamientos. Dios podría ser reemplazado por Razón, Padre mítico, Ley fundante, etc. Es decir, cualquier significante que pretenda hacer las veces del fundamento último de un orden social, político, económico. Nietzsche arrojó la humanidad a su finitud, a su contingencia y a su precariedad. Nos estaría diciendo hoy: “Che muchachos no finjan demencia, háganse cargo que son ustedes mismos quienes definen la cosa”. No se mucho sobre Nietzsche, pero sí sé que dar aviso de la decadencia de la modernidad y sus postulados de verdad, en lo posterior fue vivido por toda la filosofía occidental como un acto de liberación, de emancipación y de revelación. La comunidad se bastaba a sí misma y debía decidir donde soportar el sentido de la cosa. En definitiva, ¿la muerte de algo siempre es liberadora no?
¿La muerte de quién o de qué nos señala el presidente Milei? ¿Cuál es el carácter liberador de esa muerte? Nicolás Maquiavelo, florentino, perseguido político, escritor -pero no filósofo-, redactó en el S. XVI su obra maestra, El Príncipe: instrucciones de cómo asegurar el gobierno y salvaguardar el orden público, dirigidas a Lorenzo de Médici, joven gobernante italiano. “El fin justifica los medios” es una frase que nadie nunca dijo, o por lo menos no lo hizo nuestro amigo italiano. Como siempre, los que ganan escriben la historia, y los que ganaron le quisieron hacer decir eso a Maquiavelo. Nada más lejos de sus recetarios del buen gobierno. Maquiavelo va a hablar, escribir, vociferar, GRITAR, nada más y nada menos que de la centralidad de la política misma. No es ni amoral ni antimoral. Hace irrumpir, inventa, una nueva moralidad: la moralidad o virtud política. El príncipe, el gobernante, o Milei, en algún momento van tener que decidir -elegir- si salvan su alma o si salvan la república, el Estado o la Argentina. Es decir, si siguen los preceptos de la moral ordinaria que es la moral cristiana de la época, o si se enlazan a la moral política con el riesgo de perder el alma. Hay un gran intelectual argentino que le puso un nombre a esta irrupción maquiaveliana (no maquiavélica): la tragedia, porque hay que perder algo necesariamente, el alma o el gobierno. Eduardo Rinesi, en su libro “Política y tragedia. Hamlet, entre Maquiavelo y Hobbes”, hace referencia a la tragedia de los valores en el florentino.

Me interesa que observemos la necesidad de perder como condición de posibilidad para que emerja un orden estrictamente político, para que irrumpa la política en sí.
Así las cosas, el presidente Milei nos invita a la muerte de la política. Pero de nuevo, para ¿liberarnos de qué? Es una respuesta concluyente: para liberarnos del Otro. Para liberarnos del lazo social, de lo que engancha, hace vínculo, crea comunidad. Si con Maquiavelo sabemos que la condición de posibilidad de la política es la pérdida, cierta tragedia del narcicismo, cierto renunciamiento de sí mismo, con el neoliberalismo estamos seguros que la nueva subjetividad de la época no quiere perder nada. La irrupción del Otro en la vida de cada uno de nosotros, un amigo, un novio, un familiar, siempre exige y reclama perder algo. El niño pierde el goce absoluto de estar alojado en el vientre materno, al resguardo de todo lo que sucede en el mundo, en el mismo momento que lo fuerzan a salir a ese mundo: y llora. Una pareja le pide a su novio o novia que haga o deje de hacer tal o cual cosa. Y así. La política exige la aparición de muchos Otros que nos intiman a perder algo. ¿O acaso pensamos, ingenua o cínicamente, que más del 50% de pobres que habita nuestro querido suelo argentino no nos exige perder algo? Riqueza, comodidad, tiempo, etcétera.
Entonces, para ser más precisos: el neoliberalismo y Milei nos invitan a la muerte de la política y a la denegación del Otro, que son muy parecidos. Nos invitan a un mundo sin pérdidas, donde cada uno puede ser sin Ley. “Vos podés ser lo que quieras ser, amigo, el mundo es tuyo, sos libre”; “Inventa tu mejor versión sin que nadie te diga lo que tenés que hacer”; “Vive, ríe y sé feliz”; proliferan los mensajes de autoayuda, coaching y charlitas motivacionales. Un mundo sin falta, un mundo sin Otro, un mundo sin política, un mundo sin sexo, un mundo sin vida, un mundo muerto. Uno siempre es por el Otro y la política es la posibilidad de definir quien es ese Otro que queremos que delimite los contornos de nuestra comunidad: ¿los trabajadores o los multimillonarios? ¿las feministas o los machistas? ¿los ambientalistas o los extractivistas?
Entre Nietzsche y Maquiavelo transcurrieron tres siglos. Entre Milei y ellos varios más. Nuestro presidente retoma -ya sea para reivindicar o matar- a los denominados autores malditos de la filosofía política de Occidente. No es casual ni improvisado un parafraseo de Nietzsche y una sentencia contra Maquiavelo. No es insignificante usar el semblante de Nietzsche en contra del cuerpo de Maquiavelo. Ambos autores fueron radicalmente disruptivos, revoltosos y revolucionarios en su tiempo. Y el primero de ellos, un poco loco también. A lo mejor ese dato sirve de algo en estos tiempos.
Nuestro drama, que es mucho más laberíntico que una tragedia, es que la muerte de la política y la denegación del Otro son experimentados por grandes capas de nuestra comunidad como un acto de liberación, como una verdadera emancipación. Seguramente algo de eso debe haber. Y todavía no llego el tiempo de verlo, asirlo, pararse sobre ello para cabalgar en un sentido diferente. Deberíamos dejar de discutir en nuestros propios términos y discutir en los términos que propone el otro. Y ese otro hoy es el lenguaje, el código de intelección de la realidad, a partir de los cuales Milei y todo el dispositivo neoliberal performan la realidad, dicen qué es realidad y qué no. Ellos ganaron allí, no en una elección o en un dato macroeconómico favorable.
Lucas Ezequiel Bruno. Doctor en Ciencia Política. Abogado. Docente de la UNC. Militante Político. Mail: [email protected]




