*Por Giuliana Loza
Durante este mes, los posteos se llenan de amarillo, empiezan las campañas de concientizacion y muchas personas encuentran, quizás por primera vez, un espacio para hablar lo que durante mucho tiempo fue silenciado, casi como un tabú, algo que generaciones llaman socialmente “de locos”. Pero a su vez me pregunto ¿alcanza solo con pedir en flyers de redes, que alguien solicite ayuda si esa ayuda no siempre está disponible?
El suicidio es una problemática compleja que no puede pensarse unicamente desde lo individual. Detrás de cada vivencia, hecho o intento, hay factores sociales, económicos, emocionales y culturales. Sin embargo, solemos olvidar algo fundamental al hablar únicamente de estadísticas, y es que detrás de cada cifra existe una historia particular. Hay una voz, hay personas que sienten, como todos. Hay una familia, amistades, proyectos, recuerdos y lugares que fueron parte de esa vida. Hay una ausencia que, para quienes quedan, lo puede cambiar todo.
Pensar en la prevención del suicidio implica mucho más que repetir una frase durante septiembre y dejar que, cuando termine el mes, también se apague la conversación. Implica preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad para acompañar el sufrimiento, pero también que herramientas existen para quienes ya no pueden atravesarlo solos. Pedir ayuda no siempre es sencillo. A veces no se sabe explicar lo que está pasando, tal vez las palabras no alcanzan. El dolor no tiene forma concreta y se transforma en silencio. Incluso cuando alguien logra pedir ayuda, aparece la dificultad de encontrar quien pueda escuchar, quien pueda actuar.
En Argentina, la Ley Nacional de Prevención del Suicidio N.º 27.130 establece la necesidad de desarrollar estrategias de prevencion, asistencia y posvención, además de capacitar a profesionales y construir redes de abordaje interdisciplinarias. La ley reconoce que el suicidio no puede ser abordado desde un único lugar y que requiere respuestas entre el Estado, el sistema de salud, las instituciones educativas y la comunidad. Pero esta ley por sí sola, no garantiza que todas las personas puedan acceder a la atención que necesitan.
Es necesario ir más allá del “pedí ayuda”, es importante y necesario preguntarse qué ocurre después. Qué pasa cuando no hay turnos, cuando los servicios están saturados, cuando una persona no puede acceder económicamente a un profesional o cuando atraviesa una crisis sin encontrar una institución preparada para acompañarla. Aparece una responsabilidad que no puede recaer únicamente sobre las familias, amistades o parejas.
Los vínculos son fundamentales, una conversación puede marcar la diferencia. Escuchar sin juzgar, acompañar a alguien en ese momento difícil puede significar que esa persona deje de sentirse completamente sola. Pero el amor por más importante que sea, no puede reemplazar las políticas públicas. Nadie debería tener que convertirse en profesional para sostener a un par. Y tampoco nadie debería sentirse responsable de resolver solo una situación que requiere acompañamiento especializado.
La prevención necesita mucho más que campañas. Necesita políticas públicas sostenidas, inversión en salud mental, profesionales capacitados, instituciones con herramientas para intervenir y espacios de atención que sean realmente accesibles para todos. La salud mental no puede convertirse en un privilegio, ni mucho menos depender únicamente del capital propio para pagar una consulta, del lugar en el que se vive o de la suerte de encontrar a alguien disponible en el momento en que más se lo necesita. En este sentido, hablar de prevención también implica hablar de desigualdad, porque no todas las personas acceden a los mismos recursos ni cuentan con las mismas redes de contención.
El Estado tiene un rol fundamental que no tiene que ver con “reemplazar vínculos” ni resolver mágicamente el dolor de las personas, sino para algo básico que es otorgar la ayuda necesaria cuando una persona la precise. Que haya espacios preparados para escuchar, que los equipos profesionales cuenten con herramientas necesarias, que las instituciones sepan cómo actuar. Que la salud mental sea entendida como un derecho y no como algo secundario.
Septiembre sirve para volver a poner en palabras una problemática que durante mucho tiempo estuvo marcada por el tabú. Hablar puede ayudar, escuchar puede ayudar, acompañar puede ayudar, pero prevenir el suicidio no debería ser una tarea que dure treinta días cual calendario.
No aparece solo en septiembre ni desaparece cuando termina el mes y las campañas dejan de circular por redes. Las crisis continúan, las familias continúan buscando respuestas y muchas personas siguen intentando poner en palabras aquello que les duele.
No alcanza con decir que la vida importa, también es necesario para constituir las condiciones para cuidarla. No podemos pedir que alguien hable si no garantizamos que exista alguien dispuesto y preparado para escuchar. Detrás de los porcentajes hay vidas que no pueden reducirse a un número, son historias que nunca vamos a conocer por completo y personas que siguen cargando con ausencias difíciles de nombrar.
Prevenir es llegar a tiempo, es escuchar cuando el silencio se vuelve inspiración. Construir redes, instituciones y políticas capaces de acompañar. Es entender que nadie debería atravesar el dolor en soledad. La prevención, el cuidado y la responsabilidad deberían quedarse mucho después de que termine el mes.
*Giuliana Loza, estudiante de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UNC, para el Centro de Medios




