- Por: Ramiro Corti y Sabrina Eraso*
En Argentina, ese malestar empieza a tomar forma concreta. En los últimos años crecieron las consultas, las crisis y las internaciones por motivos de salud mental, especialmente después de la pandemia.
Según la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 7 jóvenes en el mundo atraviesa algún problema vinculado a la salud mental. Sin embargo, los datos por sí solos no alcanzan para explicar lo que está pasando. Hay algo más profundo: una forma de vivir que cambió.
La urgencia de crecer
Hoy, muchos jóvenes ya no solo piensan en estudiar o en “ver qué pasa”. Piensan en generar ingresos, en independizarse cuanto antes, en no ser una carga, en devolverle algo a sus padres. La idea de éxito aparece cada vez más temprano y, muchas veces, queda reducida a una sola variable: el dinero. No se trata de una ambición nueva, sino de una urgencia distinta.
Los testimonios recogidos para esta nota pertenecen a estudiantes de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), quienes decidieron resguardar su identidad para preservar su intimidad al abordar un tema tan sensible como la salud mental. Entre ellos aparece con frecuencia la percepción de que las metas vitales se adelantaron. “Parece que a los 20 ya tenés que saber qué querés hacer, tener plata, independencia y hasta estabilidad emocional. Si no, sentís que vas atrasado”, señala uno de ellos.
Crecer en un contexto económico inestable no solo limita las posibilidades materiales; también moldea expectativas. Cuando el futuro es incierto, el presente se vuelve una carrera. Y en esa carrera, descansar empieza a sentirse como perder el tiempo.
En ese marco, varios jóvenes asocian la falta de ciertos hitos —como un trabajo estable, una pareja o un rumbo definido— con una idea de fracaso. “Siento que si a cierta edad no tenés trabajo estable, pareja o un rumbo claro, pareciera que fracasaste”, resume otro testimonio.

Vivir expuestos
A esto se suma otro factor: las apariencias.
Las redes sociales construyen una vidriera permanente donde el éxito se muestra, se mide y se compara. Ya no alcanza con estar bien: hay que parecerlo. No alcanza con avanzar: hay que demostrarlo. Como resume uno de los testimonios recogidos para esta nota, “aunque sepas que no es toda la realidad, igual terminás comparándote”.
Así aparece una exigencia silenciosa pero constante: obtener resultados rápido, sostener la productividad y no quedarse atrás. En ese proceso, muchas veces se dejan de lado deseos, tiempos personales e incluso el encuentro con uno mismo. Es ahí donde la salud mental empieza a tensionarse.
Dentro de ese escenario, algunas figuras digitales —especialmente streamers, tiktokers y creadores vinculados al mundo del emprendimiento— empezaron a ocupar un lugar cada vez más influyente en la forma en que muchos jóvenes piensan su futuro. En sus discursos aparece con frecuencia la idea de que cualquiera puede transformarse en empresario a partir de cursos, inversiones o modelos de negocio que prometen independencia económica en poco tiempo.
El problema no está solo en lo que venden, sino en cómo lo hacen. Muchas veces esos mensajes se construyen a partir de la desvalorización del otro: se ridiculiza a quienes no producen lo suficiente, se presenta el descanso como una señal de fracaso y se transforma cualquier pausa en una pérdida de tiempo. Así, el éxito deja de ser una aspiración para convertirse en una obligación permanente.
A eso se suma otro elemento: la promesa de resultados inmediatos. En un entorno donde casi todo se consume en segundos, también empieza a instalarse la idea de que la vida debería funcionar con esa misma velocidad. Un entrevistado lo sintetiza con claridad: “antes te comparabas con tu círculo cercano, ahora te comparás con miles de personas todo el tiempo”. Cuando esa recompensa no llega, lo que aparece no es solamente frustración, sino también una sensación de culpa por no estar logrando aquello que parecía tan simple en la pantalla.

Señales y prejuicios
Si bien en los últimos años la salud mental comenzó a ocupar un lugar más visible en las conversaciones entre jóvenes, todavía persisten prejuicios que dificultan hablar del tema con naturalidad. Para muchos, expresar angustia o malestar continúa siendo asociado a la debilidad o a una reacción exagerada frente a problemas cotidianos.
“Todavía existe esa idea de que si hablás de eso sos débil o estás exagerando”, señaló una de las personas consultadas. En ese contexto, muchas veces el sufrimiento emocional no aparece de forma explícita, sino a través de cambios sutiles en la conducta. El aislamiento, la pérdida de interés, el cansancio constante o ciertas bromas reiteradas pueden convertirse en señales de alarma para el entorno cercano.
“Lo noté porque empezó a hacer chistes muy oscuros sobre sí mismo”, relató otro joven entrevistado.
Reconocer esos indicios y prestar atención a lo que muchas veces se intenta ocultar resulta clave para acompañar a tiempo a quienes atraviesan situaciones de vulnerabilidad emocional.
Un sistema en tensión
En paralelo, el sistema que debería acompañar ese malestar también se encuentra bajo presión. El aumento de la demanda, la escasez de recursos y las dificultades de acceso configuran un escenario que se profundiza con el tiempo. En ese contexto, la discusión sobre la salud mental en Argentina volvió a instalarse en la agenda pública.
En las últimas semanas, el Gobierno nacional expresó su intención de modificar la Ley Nacional de Salud Mental 26.657. Aunque todavía no existe un proyecto aprobado, entre las medidas que comenzaron a mencionarse aparecen recortes en el financiamiento, una flexibilización de las internaciones involuntarias y la posible reapertura de instituciones neuropsiquiátricas.

Las repercusiones no tardaron en llegar. En redes sociales, medios de comunicación y distintos ámbitos del sistema sanitario se multiplicaron los debates en torno a estas propuestas. Al mismo tiempo, profesionales de la salud advirtieron que algunos de estos cambios podrían significar un retroceso en la forma de comprender y abordar la salud mental en el país.
“Todo genera más problemas, y esta ley retrotrae a modelos que hace 20 años ya se demostró que fracasaban. Este gobierno insiste en medidas que perjudican la atención de la salud, ya que no ayudan y solo implican un retroceso”, afirmó Nicolás Kreplak, ministro de Salud de la provincia de Buenos Aires, en una entrevista con Página/12.
Uno de los puntos que genera mayor controversia es la modificación del régimen de internaciones involuntarias. En la normativa actual, estas solo pueden realizarse en situaciones excepcionales en las que exista un riesgo cierto para la persona o para terceros. La intención oficial de reducir esas restricciones despierta preocupación entre especialistas, que advierten sobre la posibilidad de un aumento de internaciones innecesarias y una mayor vulneración de derechos.
Otro de los cambios planteados apunta a limitar el rol de los equipos interdisciplinarios, otorgando un mayor poder de decisión al psiquiatra. Para distintos sectores del ámbito sanitario, esto implicaría un desplazamiento hacia un enfoque más centrado en lo biomédico, en el que las dimensiones sociales y psicológicas podrían quedar relegadas.
El licenciado en Psicología Esteban Eraso, entrevistado para esta nota, señaló que, si bien en la práctica pueden existir dificultades para conformar equipos interdisciplinarios, la solución no radica en desarticularlos. “Si hay dificultades en la implementación de los programas, proyectos e instituciones vinculadas a la ley de salud mental, está bueno analizarlas, detectarlas y pensar acciones. Pero considerar la reapertura de neuropsiquiátricos como respuesta —algo que, insisto, no me consta— implica volver a modelos anteriores”, explicó.
En la misma línea, Kreplak cuestionó la posibilidad de reducir la intervención de equipos de salud y sostuvo: “La ley obliga a que sea un psiquiatra y ya no un equipo de salud, que podría ser un psicólogo con otro profesional, quien realice la internación. A veces en el interior no hay psiquiatras, entonces es no conocer la realidad argentina”.
Otro eje del debate gira en torno a la reapertura de centros neuropsiquiátricos. La ley vigente promueve la atención en hospitales generales, tanto públicos como privados, con el objetivo de evitar el aislamiento y favorecer la inclusión de las personas con padecimientos de salud mental. En ese sentido, distintos especialistas consideran que volver a instituciones monovalentes implicaría un cambio de paradigma.
La discusión también se da en un contexto de crecimiento sostenido de la demanda. Según datos mencionados por el ministro bonaerense, en los últimos cinco años las internaciones aumentaron un 77% y las consultas en el interior de la provincia crecieron un 135%. Esta situación obligó a reforzar camas y recursos en el sistema público.
A su vez, Kreplak advirtió sobre una reducción en la inversión nacional en áreas sensibles, con recortes en la formación de profesionales, menor acceso a medicamentos y un progresivo desfinanciamiento del sistema. Aunque la provincia de Buenos Aires logró sostener parte de esa demanda con recursos propios, en muchas provincias del interior la situación aparece aún más frágil.
La Ley Nacional de Salud Mental establece que el presupuesto destinado al área debe incrementarse de manera progresiva hasta alcanzar el 10% del presupuesto total de salud. Sin embargo, distintas organizaciones señalan que actualmente la inversión ronda el 1,42%, una cifra que evidencia la distancia entre lo que plantea la norma y su aplicación efectiva.
En este escenario, el debate no solo gira en torno a posibles modificaciones legales, sino también a las condiciones necesarias para garantizar el cumplimiento de una ley vigente. La discusión, entonces, vuelve a plantear una pregunta de fondo: ¿el problema está en la ley o en su aplicación?
¿Qué estamos construyendo?
Pero incluso si ese sistema funcionara perfectamente, la pregunta seguiría siendo incómoda: ¿qué ocurre cuando el problema no es solo la falta de ayuda, sino también las condiciones en las que estamos creciendo?.
Tal vez el malestar no sea únicamente consecuencia de lo que falta, sino también de lo que se exige: de una idea de éxito cada vez más estrecha y de una vida que parece no admitir pausas. Los indicios son claros: el aumento de crisis emocionales, internaciones y situaciones límite en jóvenes no es casual.
Cuando una generación aprende que su valor está en lo que produce, en lo que gana o en cómo se muestra, el costo emocional deja de ser un efecto secundario y pasa a ser parte del sistema. Pensar la salud mental hoy no es solo hablar de diagnósticos o tratamientos. Es animarse a cuestionar los modelos que estamos naturalizando.
Y quizás, en ese cuestionamiento, aparezca una posibilidad distinta: construir formas de vivir donde no todo tenga que demostrarse, donde no todo llegue tarde y donde no todo duela antes de tiempo. Porque si crecer implica llegar roto, entonces el problema ya no es individual: es el modo en que estamos viviendo.
Ramiro Corti y Sabrina Eraso, integrantes del Centro de medios de la Facultad Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Córdoba




