Crónica escrita por Santiago Bellido*.
Años atrás, sobre la Hipólito Yrigoyen 3171 en el barrio porteño de Balvanera, la “Taty” Almeida solía festejar su cumpleaños en el sindicato de FOETRA. Hoy domingo 14 de junio, es despedida a cajón cerrado en este mismo sindicato; su último deseo era ser velada ahí mismo, rodeada de trabajadores.
En Caba, es un domingo no tan gélido. Un sol radiante en un otoño descorazonado que se lleva a los mejores. Desde la vereda de enfrente, observo con amplitud y perspectiva a militantes, dirigentes, organismos de DDHH, trabajadores, estudiantes y familias enteras que se acercan con flores, cartas o con la humana necesidad de decirle gracias a Taty por todo lo que hizo.
Decenas de pañuelos y flores cuelgan de la valla que la organización colocó para el protocolo de ingreso. Mientras la fila avanza, de vez en cuando suena algún cántico que la homenajea, la trae, la hace sentir más cerca.
Me adentro en el velorio, donde el clima es de admiración y respeto absoluto. Cientos de homenajes son entregados y ordenados cerca del cajón por la organización de FOETRA. Tengo a escasos metros de mí a una mujer llorando desconsoladamente. No la conozco. No sé su nombre ni cuál fue su historia con Taty. Sin embargo, mientras la observo secarse las lágrimas con un pañuelo blanco, entiendo que su dolor es igual que el mío y el de toda la otra gente, un dolor que te atraviesa, un sentimiento de orfandad.
Hombres y mujeres salen conmovidos del velorio, algunos llorando y sollozando. De a ratos escucho a la gente cantar «Taty no murió, vive en el pueblo». Lo que hay en FOETRA es una multitud confirmando que el legado de Taty Almeida seguirá caminando sobre los pies de todas las personas que la vinieron a despedir.

Lidia Estela Mercedes Miy Uranga era su nombre legal, Taty era un apodo afectuoso y Almeida era en realidad el apellido del marido. Taty partió a casi 51 años de la desaparición de su hijo Alejandro Almeida por la Triple A, en 1975. Estudiante de medicina, trabajador de la Agencia Télam y militante del ERP, salió de su casa con un presuroso “Mamá, ya vuelvo”, aunque nunca más lo hizo; Taty falleció sin saber del paradero de su hijo.
Nacida en el seno de una familia militar en junio de 1930, tuvo la esperanza de que los militares conocidos por su familia pudieran ayudarla. Taty se reunió personalmente con el Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea Orlando Ramón Agosti, con el Comandante del II Cuerpo del Ejército Leopoldo Fortunato Galtieri y también con el jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires Ramón Camps. Ninguno le dijo nada, no sabían o no quisieron decirle. De los tres condenados ninguno llegó a cumplir condena firme por los delitos cometidos durante la dictadura militar.
Taty no se acercó a las Madres de Plaza de Mayo hasta 1979, temía ser vista con desconfianza por sus vínculos familiares con los sectores militares. Así que tomó el valor y se sumó al grupo de mujeres que daban vueltas alrededor de la Plaza de Mayo, usando pañuelos blancos frente a la Casa Rosada reclamando que les digan el paradero de sus hijos y nietos desaparecidos.
A pesar de su avanzada edad, Taty Almeida nunca dejó de poner cuerpo, voz y alma a la lucha por los derechos humanos. Desde 2024 fue presidenta de Madres de Plaza de Mayo-Línea Fundadora. Fue una de las caras visibles de la lucha por los DDHH en Argentina. El 17 de abril de este año la Universidad de Buenos Aires (UBA), distinguió a Taty con el título doctorado honoris causa, donde celebró y lloró con su hija Fabiana y sus nietos. En su discurso valoró la importancia del recambio generacional y dejó como legado la consigna: «la única lucha que se pierde es la que se abandona».

Este título honorífico se suma a los otorgados por la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) en 2017, la Universidad Nacional de las Artes (UNA) en 2019 y la Universidad Nacional de Tierra del Fuego (UNTDF) también el mismo año.
Taty vivirá con nosotros para siempre. Sensata y consciente de lo cruel del tiempo, nos “pasó la posta” -como ella misma dijo- para continuar con su lucha, nuestra lucha, la lucha de todos. Quizás esa sea la verdadera dimensión de una vida. No los homenajes, ni los reconocimientos, ni las labores realizadas; sino la huella que permanece cuando ya no se está.
A 51 años de la desaparición de su hijo Alejandro, Taty Almeida logró transformar un dolor personal en una lucha colectiva que atravesó generaciones.
El cuerpo de Taty descansa. Su voz, no lo hará jamás. Seguirá resonando en cada ronda, en cada pañuelo blanco y en cada persona que entienda que la memoria no es solamente una forma de recordar el pasado, sino también una manera de construir el presente y repensar el futuro.
“No se muere quien se va, sino que muere quien se olvida”, viejo refrán latinoamericano.
Gracias Taty.
*Santiago Bellido, estudiante de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la UNC e integrante del Centro de Medios.




